#488 Deja de decirles «Tú puedes». Haz esto otro mejor
Donde yo me crié, en el barrio Fatiga de Arahal, en Sevilla, había una ley. No estaba escrita en ningún sitio, pero se cumplía más que muchas que sí lo están.
La ley de la botella
El que embarca la pelota, va a por ella. Ya está.
Podías esgrimir mil excusas: que si me ha botado mal, que si le he dado con la punta, que si no ha sido mi intención. Daba igual. Si la habías embarcado tú, ibas tú. Si había que saltar una tapia, la saltabas. Si había que llamar a la puerta del vecino y dar la cara, lo hacías.
Y fíjate en un detalle: nadie te decía que hubieras hecho algo malo. Habías querido meter un gol o hacer un pase, y no había salido bien. Le pasaba a todo el mundo. Porque una cosa es que algo te salga mal y otra muy distinta es que por eso tengas que buscar inmediatamente a quién echarle la culpa.
Sale el informe PISA y empieza el baile
España empeora en ciencia, lectura y matemáticas. Y ya sabes cómo va esto: las familias dicen que los profesores; los profesores, que la ratio; los políticos, que los móviles; los móviles, que los adolescentes; los adolescentes, que las hormonas.
Es muy posible que no te falte razón en nada de lo que digas. Pero casi todos encontramos rapidísimo una explicación que apunta hacia fuera. Y mientras cada uno señala al de al lado, nadie parece tener demasiada prisa por ir a por la pelota.
¿Puedo hacer yo algo?
No me refiero a que tengamos que cargar con la culpa de PISA. Me refiero a algo mucho más pequeño y mucho más útil.
Cuando entres en tu clase vas a recibir a 25 o 30 alumnos, con sus problemas, sus circunstancias y sus historias. Y quizás la pregunta que te sirva no sea «¿de quién es la culpa de que esto vaya mal?», sino otra más sencilla y más poderosa: ¿puedo hacer yo algo para ayudar a estos chavales?
Si la respuesta es sí, hazlo. Aunque sea poca cosa. Hacer algo no significa montar una revolución educativa. A veces es hacer un sociograma, que se hace bastante rápido, para que los agrupamientos tengan sentido. O introducir un rol de ayudante para quien lo necesita. O coger algo que ya haces y preguntarte si puedes hacerlo un poco más atractivo para los chavales. No hace falta arreglar el sistema educativo: a veces basta con mejorar una cosa pequeña de la clase que tienes mañana.
El abuelo, el nieto y los dos lobos
Estaban el abuelo y el nieto en el jardín. El niño iba a lanzar una pelota para derribar unos palitos, y antes de tirar preguntó: «Abuelo, ¿cuántos disparos tengo?». «Tres».
Tiró dos veces y no derribó nada. Miró a su abuelo con esa cara de duda, la de «esto no me va a salir». El abuelo se le acercó, lo miró a los ojos y le dijo: «Dentro de cada persona hay dos lobos: el del miedo y la duda, y el del coraje y la confianza».
Antes del último tiro, el niño preguntó: «Abuelo, ¿cuál de los dos lobos gana?». Y el abuelo respondió: «El que tú alimentes».
Capacidad no es autoeficacia
A esto le llaman autodiálogo interno: cómo te hablas antes, durante y después de hacer algo. Y ojo, que no es lo mismo autoeficacia que capacidad. La capacidad la tienes que tener; sin ella no vas a ningún lado.
Pero si estás por aquí, ya has demostrado capacidad para muchas cosas: un grado, quizás unas oposiciones, grupos de chavales, problemas que hace unos años pensabas que no ibas a resolver. Entonces quizás la pregunta no sea «¿puedo?», sino «¿qué me estoy diciendo mientras lo intento?». Y no vale cerrar los ojos y repetir «puedo, puedo, puedo» como un mantra. Te lo tienes que creer.
El chaval de la espaldera
Las dos historias se juntan en el patio. La de la pelota mira hacia fuera y pregunta quién tiene la culpa. La del lobo mira hacia dentro y pregunta qué me estoy diciendo. En el fondo, las dos hablan de dónde colocamos la atención.
Tuve un chaval que, en cuanto veía una espaldera, ya estaba diciendo la frase: «es que yo no sé, es que yo no sirvo». Durante bastante tiempo hice lo que quizás hagas tú: «venga, tú puedes, atrévete». Y no servía absolutamente de nada, porque yo le decía una cosa y él, por dentro, se estaba diciendo otra mucho más fuerte.
Así que un día dejé de convencerlo y le pregunté otra cosa: «No me digas si sabes. Dime: ¿qué vas a hacer ahora?». Se quedó callado y al final soltó: «Voy a apoyar las dos manos y quedarme de pie». Nada espectacular. Y lo hizo.
No se convirtió en gimnasta. Pero avanzó bastante respecto a sí mismo y aprendió algo que le servía mucho más allá de aquella espaldera: cuando algo parece demasiado grande, quizás no tengas que demostrar que puedes hacerlo entero. Quizás solo tengas que decidir qué vas a hacer ahora.
Dos historias y una pregunta
Puedes pasarte la vida buscando quién embarcó la pelota, o ir a por ella y seguir jugando. Puedes pasarte la vida diciéndote que no puedes, o preguntarte cuál es el siguiente paso, chiquitito.
Y mientras los adultos seguimos discutiendo de quién es la culpa, hay 25 o 30 chavales esperando en un patio a que alguien les eche una mano. Ayúdalos tú. Aunque parezca poca cosa.
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Pasa un gran día.

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